Pierre puso una rodilla sobre el asfalto, al borde de una ruta en Nueva Zelanda, y le propuso a Janick algo distinto a un matrimonio convencional:
¿Quieres vivir conmigo en la ruta, viajando en bicicleta?
Ella aceptó. Era el año 1996 y desde entonces, hace 30 años, viajan recorriendo el mundo en bicicleta.

En ese momento ya habían comenzado una relación de pareja pero Janick había viajado a Australia por un año y el se había quedado en Canadá. Era la época que la comunicaciones eran principalmente por carta porque las llamadas internacionales eran muy costosas.
Él la invitó a que se encontraran en Nueva Zelanda para recorrer la isla juntos. El se desplazaba en bicicleta y ella hacía auto-stop. Al final del día se reunían para pasar juntos el resto de la jornada.
Seis meses después de la proposición se reencontraron en Whistler, Canadá, y en 1997 iniciaron su primer viaje juntos. Salieron de Magadán, en el extremo oriente de Rusia, hasta la India.
Janick y Pierre conversaron con nosotros para nuestro canal de YouTube.

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Nota: Todas las fotografías que acompañan este artículo pertenecen al archivo personal de Janick y Pierre o han sido publicadas en su sitio web nomadesxnomades.com.
- De Siberia a la India: El viaje que los puso a prueba
- La velocidad perfecta: sentir el terreno en la piel
- Viajar con un propósito: del Cinturón de Fuego a "Nómadas al cuadrado"
- Colombia, año 2000: Uno de los más peligrosos del país en la historia reciente.
- La lección más grande en la ruta: la paciencia y la fe en la humanidad
- El mejor momento para viajar es ahora.
De Siberia a la India: El viaje que los puso a prueba

Ese primer recorrido fue, según ellos mismos, el más difícil que han hecho hasta el momento.
Atravesaron la taiga siberiana por caminos de piedra, cruzaron el desierto de Mongolia, subieron a la meseta del Tíbet ya entrado el invierno y pasaron cerca del Everest el día de Navidad, antes de cruzar el Himalaya en año nuevo para llegar a Nepal y terminar en la India.
Fueron cerca de diez mil kilómetros, en su mayoría por caminos sin pavimentar, con tres meses por encima de los 3.500 metros de altura y veintisiete pasos de montaña solo en el tramo tibetano.
Terminaron el viaje un año después. Recordemos que este fue el primer viaje de Janick en bici y el más duro que ha hecho hasta el momento. Así también lo reconoce Pierre, que para ese momento ya había dado la vuelta en mundo en bici durante 5 años, junto a un amigo.
La velocidad perfecta: sentir el terreno en la piel

Para Janick y Pierre, la bicicleta ofrece el equilibrio justo entre distancia y lentitud:
Pueden recorrer en un día entre 80 y 150 kilómetros al día, según el terreno, una distancia considerable pero recorrida despacio, lo suficiente para sentir el calor, la lluvia y el viento en la piel.
Es, sobre todo, un contacto íntimo con el camino mismo. Al avanzar con la propia fuerza, cada subida y cada bajada queda grabada en el cuerpo: las cordilleras y la topografía no se observan desde una ventana, se sienten en las piernas.
Janick lo describe como una forma de recordar el terreno de otra manera, casi física, muy distinta a la de quien lo atraviesa en auto o en avión.
Ese mismo ritmo lento cambia también la manera en que la gente los recibe. Dos ciclistas cargados de alforjas no despiertan sospecha; despiertan curiosidad. Los detienen para preguntar de dónde vienen, para ofrecerles café o un lugar donde dormir.
Es, dicen, un contacto instantáneo y genuino con las personas, tan cercano como el que sienten con el paisaje mismo.
Viajar con un propósito: del Cinturón de Fuego a «Nómadas al cuadrado»

Después de la travesía entre Siberia y la India, Janick y Pierre tomaron una decisión que marcaría el resto de sus expediciones: no volver a salir sin un tema que le diera sentido al recorrido.
El primer viaje bajo esa premisa los llevó a seguir el Cinturón de Fuego del Pacífico, la cadena de volcanes que bordea el océano, un proyecto que les tomó una década, entre 1999 y 2009.
En América, esa ruta los llevó desde Vancouver hacia el sur —el mismo recorrido en el que más tarde cruzarían Colombia— y continuó por el Pacífico hasta Hawái, la Polinesia Francesa, Isla de Pascua, Nueva Zelanda, Vanuatu, las Islas Salomón, Papúa Nueva Guinea e Indonesia.
No se trataba solo de ver volcanes. Querían entender ese proceso geológico como algo activo, en formación permanente, y conocer de cerca la relación de las comunidades que viven junto a esas «montañas de fuego».
La experiencia los convenció de que viajar con un propósito cambiaba por completo la forma de recorrer un lugar, y desde entonces no volvieron a salir sin uno.
Durante dos décadas, la vida de la pareja siguió un mismo patrón: viajaban entre dos y dos años y medio, volvían a Canadá, procesaban el material audiovisual y daban charlas en francés e inglés por Canadá y parte de Estados Unidos. Mientras hablaban del viaje recién terminado, ya preparaban el siguiente.
De ese mismo impulso surgió, más adelante, «Nómadas al cuadrado»: una expedición en bicicleta entre el Cabo Norte, en Noruega, y el Cabo Agulhas, en Sudáfrica, pensada para encontrarse con distintos pueblos nómades en el camino.
La primera etapa, entre 2014 y 2016, sumó 21.000 kilómetros hasta Tanzania. La segunda, retrasada por la pandemia, los llevó el año pasado por Malaui, Mozambique, Sudáfrica, Esuatini y Namibia. Este otoño planean cruzar Madagascar para cerrarla, y ya proyectan una tercera etapa por la costa oeste africana.
Hoy el ritmo es más calmado. Pasan más tiempo en su «campo base», cerca de la familia, aunque el impulso de volver a salir sigue intacto.
Colombia, año 2000: Uno de los más peligrosos del país en la historia reciente.

Uno de los recuerdos más vivos de la pareja es su paso por Colombia, siguiendo la ruta de volcanes por el continente americano, en el año 2000. Era un momento en el que recorrer el país era muy peligroso debido a la presencia de grupos guerrilleros y paramilitares.
Llegaron desde Panamá a Cartagena en barco, evitando así el Darién, la selva que separa Centro y Suramérica y que no tiene paso terrestre.
Era el peor momento del conflicto armado colombiano, con la presencia de grupos guerrilleros y paramilitares y ese mismo año se registró la cifra más alta de secuestros con fines extorsivos. Por estas razones, muchos ciclistas, que hacían el mismo viaje, preferían volar directamente hasta Ecuador.
Mirando en retrospectiva todo el recorrido entre Vancouver y Chile, coinciden en que Colombia fue el punto más alto del viaje: Quedaron fascinados con la variedad de frutas, los paisajes, la música, la apertura de la gente.
También recuerdan a colombianos que les hablaban de vivir «en un paraíso» mientras enfrentaban una violencia que les impedía viajar ellos mismos por el país.
Durante el día se sentían seguros pedaleando, pero en la noche, con frecuencia amanecieron en estaciones de bomberos o de policía para tener más de tranquilidad.
En algunos tramos se cruzaron con puestos de control de grupos armados que, según cuentan, los trataron con amabilidad: revisaban el pasaporte y les decían que se cuidaran.
La lección más grande en la ruta: la paciencia y la fe en la humanidad

Cuando les preguntamos por el mayor aprendizaje de tres décadas viajando, la primera palabra que aparece es paciencia.
Cada viaje avanza en etapas, un pedaleo después de otro, y solo mirando atrás se nota que el obstáculo que parecía enorme ya quedó superado.
«Cualquier problema en el camino, ya sea mecánico o de salud, se aborda con paciencia. Esperas cinco minutos y las cosas se arreglan: alguien aparece, una solución llega. Hay que tener mucha confianza en la vida. El camino es la vida, y te cuida.» — Janick
También aprendieron algo más simple: que la gente, en el fondo, es igual en todas partes. Quieren que su familia esté bien, tener qué comer, ser felices, sin importar el idioma, la religión o el origen. Fueron a lugares donde les advirtieron que era peligroso y encontraron, casi siempre, lo contrario.
El mejor momento para viajar es ahora.

Cuando les preguntamos qué consejo le darían a quien está pensando en viajar más, o en animarse a hacerlo en bicicleta, la respuesta de Janick y Pierre fue casi inmediata: si quieres hacerlo, hazlo, y hazlo ahora.
Para ellos, uno puede quedarse en casa años preparando el viaje frente a una computadora, imaginando cada problema posible, sin llegar a partir nunca.
Lo que hace falta, dicen, es mucho menos de lo que parece: una bicicleta, algunas alforjas, zapatos adecuados y, sobre todo, la mente abierta para salir al camino.
No se puede cargar con todas las herramientas ni con todas las medicinas que existen; en algún punto del camino se encuentra lo que hace falta.
Un agradecimiento muy especial a Janick y Pierre por esta entrevista y por acogernos en su casa.
Si quieres saber más de ellos, puedes seguirlos en la página web de su proyecto: nomadesxnomades.com




